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Un patrimonio en peligro

Los mercados son uno de los pilares de una sociedad gastronómicamente educada. Me refiero a los mercados de toda la vida en los que tradicionalmente, al aire libre o bajo techado, la gente se ha abastecido de producto fresco.

Más allá de que los mercados han sido desde antaño lugar de encuentro, de relación social y world trade center a pequeña escala, dado su marcado carácter local, pues las fuentes de aprovisionamiento han sido los pequeños y medianos productores próximos, han sido además el lugar idóneo durante mucho tiempo para la conservación de productos autóctonos y para obtener productos que se han escapado del sistema productivo industrial que ha terminado por imponerse también en lo agrario, lo cárnico y en la pesca. Además, de una forma natural y espontánea, se producía una suerte de especialización, de manera que en cada pueblo, el mercado era conocido por algún producto típico de la zona, y todo el mundo sabía que si quería determinada cosa en su máximo esplendor, lo mejor era acudir presto al mercado de tal o cual localidad.  De este modo, el mercado cumplía una cuádruple función: lugar de encuentro, preservación de lo autóctono, canal de distribución, que al no existir intermediarios, ofrecía la posibilidad de una mejor subsistencia y motor económico y de negocios a pequeña escala.

En los pueblos, afortunadamente, las cosas más o menos se mantienen y los mercados, donde muchas veces los propios agricultores acuden a vender sus cosechas, resisten, a pesar de que la figura del pagés está en franco retroceso y que el estilo de vida urbano se traslada cada vez más al medio rural. 

Por el contrario, en las ciudades, mucho me temo que la hecatombe de los mercados es de proporciones bíblicas y no creo que la culpa esté sólo del lado de los consumidores, ni del estilo de vida, ni de tantas y tantas otras cosas que se suelen argumentar en este tipo de cuestiones.

No sé cuál es la situación en el resto de ciudades de España, y por tanto lo que viene a continuación no debe ser entendido como una generalización, siempre peligrosa, sino como la descripción de la situación de un usuario de los mercados de Barcelona.  

Barcelona cuenta con una estructura de mercados municipales excelente, sin contar con el apabullante mercado de La Boqueria, visista turística obligada para quien venga a Barcelona. Cada barrio tienen como mínimo uno, y los barrios más grandes más de uno. Eso asegura que gran parte de la población disponga de unos de estos mercados más o menos cerca. La gente que acude a ellos lo hace porque sabe que el producto que encuentra es de mejor calidad y más fresco que el que se puede conseguir en las grandes superfícies. Además, estos mercados siguen manteniendo algo de lo que eran y son los mercados locales: por un lado es obvio que la relación que se tiene con el vendedor del puesto de frutas y verdura, con el carnicero o con la pescadera no es la misma que la que se puede llegar a tener con la cajera del supermercado. Es una relación basada en la confianza por parte del cliente, fraguada en muchos años de ir a comprar siempre al mismo puesto y de tiendas que pasan, mejor dicho pasaban, de generación en generación.  Y también en el respeto por parte del que vende, que a veces ha antendido a tres generaciones de una misma familia y que sabe que hay muchos más puestos en el mercado y que un cliente defraudado se va la puesto de al lado. Además y como curiosidad, la gente llama a estos mercados la plaça (la plaza) y ya se sabe que en la plazas era y es donde se instalan los mercados de los pueblos.

Pues a pesar de todo esto, los mercados tradicionales de Barcelona pierden clientes. Y los pierden por defunción. Literalmente se les mueren. Si uno se acerca una mañana de un día laborable verá que la media de edad de la clientela es más bien geriátrica.  Si les digo que yo, que ya no soy un niño, debo ser uno de los clientes más jóvenes que tienen los que me abastecen de frutas, verduras, carnes y pescado, les prometo que no exagero. Pero lo peor es que si uno va el sábado, la cosa no mejora sustancialmente. Hay más gente, mucha más, pero la media de edad sigue siendo alta: la gente jóven les ha vuelto la espalda.

Los mercados municipales de Barcelona llevan desde hace años sufriendo un proceso de degardación de sus espacios y una ostensible pérdida de clientes.  Las razones, varias.

 Es obvio que el producto es de mayor calidad, pero las primeras veces que se acude hay que tomarse un tiempo para darse una vuelta ver el género y finalmente decidirse. Es una compra más slow, que requiere más tiempo y paciencia, mientras que en una gran superfície, donde todo está previamente envasado o sólo hay un tipo de tomates por elegir y una única merluza que comprar, todo se simplifica mucho.

Por otro lado, la proliferación de grandes superficies, que más que centros comerciales, siguiendo el esquema estadounidense, se han convertido en centros de ocio familiar, ha restado público potencial al comercio tradicional y de proximidad.

Pero es que además los mercados no han sabido hacer frente a esta competencia y en muchas ocasiones han preferido instalarse en la queja y presionar a las administraciones para que limiten las aperturas de centros comerciales e instauren una política de horarios comerciales demencial.

Y ahí radica gran parte del problema: hasta hace no muchos años los mercados sólo estaban abiertos de 9  de la mañana hasta las 2 de la tarde.  Y claro,  si sólo abres de 9 a 2 de la tarde, algún día vuelves a abrir de las 5 de la tarde a las 8 de la noche, pero no es obligatorio y por tanto no todos los comerciantes tienen levantadas las persianas y los sábados sólo abres de 9 a 2, es obvio que es muy díficil competir. Además  es dificil encontrar puestos que ofrezcan reparto a domicilio, dificultades de aparcamiento, etcétera.

El resultado es que los mercados están cada vez más vacíos de clientes y de comerciantes, puesto que cuando una tienda queda vacía, normalmente nadie la ocupa, y la imagen que ofrecen algunos mercados de abandono es triste, para los que seguimos comprando en ellos y desalentadora para los nuevos posibles clientes.

¿Y cuál ha sido la reacción del Ayuntamiento? En los últimos años se ha iniciado una profunda reforma de muchos de los mercados de la ciudad que no se puede más que aplaudir. Se han dimensionado los mercados al número real de tiendas abiertas que quedaban, y se ha reservado un buen pellizco de metros cuadrados para un supermercado (sic).  Pero los horarios parecen inamovibles, así que mucho me temo que les vamos a lavar la cara, pero no vamos a conseguir que venga más gente. ¿Qué sentido tiene no tener abierto el sábado todo el día? ¿O toda la semana? Además todas estas reformas se han emprendido, incluso la de abrir algunos días por las tardes, cuando el daño ya estaba hecho y el hábito de acudir al mercado, a  la plaça, se ha perdido en gran parte de las familias más jóvenes, y se ha remplazado por el de ir a los grandes centros comerciales de la periferia.

El resultado mucho me temo que va a ser que vamos a perder, quizás no mañana ni pasado, un hermoso patrimonio: nuestros mercados.

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