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La dieta mediterránea y el tiempo que no tenemos

Ayer vi en Cuatro un reportaje que se preguntaba si en España la gente sabe lo que come y se lamentaba de que  entre todos estemos condenando al olvido la dieta mediterránea. Más allá de que el reportaje muchas veces pareciera pagado por alguna confederación de productores del sector agroalimentario, personalmente estoy un poco harto de este discurso que sistemáticamente culpabiliza a los consumidores del cambio en los hábitos alimentarios, como si hubiera una voluntad manifiesta por parte de todos nostros de abandonar las bondades de la dieta mediterránea y abrazar modelos nutricionales menos saludables. Como si fuéramos una suerte de zombis suicidas.

Es obvio que las cosas están cambiando, ahí están las estadísticas para corroborarlo y, que por ejemplo, dicen que España es uno de los países con mayor tasa de obesidad infantil de la UE. Es verdad que cada vez nos alimentamos peor y que abandonamos los patrones tradicionales de la dieta mediterránea, pero que nos echen toda la culpa a nosotros, como en el reportaje de anoche, es un desvarío.

La dieta mediterránea como cualquier otra dieta saludable requiere básicamente tiempo: tiempo para ir a comprar tiempo para cocinar y tiempo para comer. Y hoy en día, seguramente, hay pocas familias que dispongan de ese tiempo necesario para cuidar un poco más la alimentación o que estén dispuestas a sacrificar parte del tiempo que se tiene para el ocio familiar para cuidar lo que comen. Aunque también es verdad que cada vez más, los fines de semana, familias enteras acuden a grandes centros comerciales a llenar sus despensas para toda la semana y a llenar su tiempo de ocio.

O sea que sería una mejor contribución a las pautas de alimentación saludable y a la dieta mediterránea, que todos dispusiéramos de mayores posibilidades de conciliar nuestra vida familiar y laboral por ejemplo, y por tanto tiempo para comprar, cocinar y comer bien, pues como decía Abel Mariné, catedrático de Nutrición de la UB en ese mismo reportaje, muchas veces el problema de la comida rápida es ese, que es es rápida, no tanto que sea de mala calidad, y que hasta los alimentos más sanos, si se ingieren apresuradamente, pueden no ser tan saludables.

Por lo tanto, y en resumen, si a alguien le preocupa tanto lo que comemos, que se pregunte más por como las condiciones actuales de trabajo, y más en tiempos de crisis, afectan a las estructuras de la familia y como estas se ven obligadas a organizar su tiempo, y a analizar las posibilidades reales de conciliación del tiempo dedicado al trabajo con el que se dedica a la familia, y menos echarnos la culpa de todos nuestros males nutricionales.

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