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Fast Food: I’m not lovin’ it

Una espléndida foto de Christopher Boffoli

No me considero un talibán de la comida sana y aunque haya hecho en este blog alguna consideración sobre la calidad de lo que comemos y las consecuencias éticas de nuestra decisiones alimentarias, siempre ha sido matizada con la reflexión de que vivimos tiempos duros y que el precio a veces obliga a elecciones en las que hay que mandar la ética a dormir un rato. Pero todo tiene un límite y tiene un nombre, como siempre. El mio se llama McDonald’s, por ponerle un nombre al fast food. Yo entiendo que no todo el mundo tiene que disfrutar en la mesa de las mismas cosas de las que disfruto yo, porque eso es un problema de educación y la educación no es más que una cuestión de oportunidades. Los que somos padres educamos a nuestros hijos lo mejor que podemos para que tengan el mayor número de oportunidades posibles, de saber cuántas más cosas mejor  y tener acceso a cuantas más cosas mejor. Quizás un argumento un poco simplista, pero creo que esencialmente se trata de eso. Por tanto, si hay alguien que no se emociona delante de una creación de Ferran Adrià o Joan Roca, o no disfruta con una gamba roja recién pescada será porque no ha tenido la oportunidad de educarse en ese sentido y no porque tenga la sensibilidad de una acelga.  Aunque también puede ser que al final, todo se reduzca a que le importe un pepino, como a mi me importa un pepino la danza, por ejemplo. Pero no dudéis que el paladar se educa. Y en eso también tenemos una responsabilidad como padres. Cada uno dentro de sus límites y posibilidades y lo mejor que sepa y pueda, pero no puede ser que los niños de hoy en día crean que una hamburguesa es la que se comen en McDonald’s y que su máxima experiencia “gastronómica” en este mundo sea ir a uno de los establecimientos del tío Ronald. Y no tanto para que sean unos gourmets, sino para que comprendan la necesidad de comer de forma responsable. Quizás habrá quien piense que estoy exigiendo demasiado a padres y sobre todo a los hijos, pero es mi forma de ver las cosas.

No voy a entrar a valorar las campañas de publicidad ni el marketing agresivo de estas empresas para con nuestros hijos. Ni a opinar sobre el hecho de regalar un juguete con la presunta hamburguesa. Me voy a centrar en la comida.

La hamburguesa propiamente dicha es una lámina finísima de carne molida excesivamente cocida, al menos para mi gusto, y además recalentada. Si tratáis de comer esa hoja de papel cárnica desprovista de todos los demás ingredientes, veréis que resulta difícilmente tragable. La textura es reseca y astillosa y si no fuera por todo lo que la acompaña, difícilmente comestible. Además todo es artificialmente y horrorosamente dulce. El sabor dulce es el más fácil, el que menos cuesta que los niños, y todo Dios, acepten y les guste. Las salsas que acompañan las hamburguesas son dulces, las que te ofrecen para mojar en la patatas fritas son dulces (especialmente dramático es una salsa de curry, que se parece más a una mermelada que a una salsa especiada). Para rematar, patatas fritas que una vez ingeridas nuestro organismo transforman en más azúcar y un refresco que contiene suficientes cucharadas de azúcar como para endulzar el té de las cinco de medio Londres hasta el siglo XXV. Ni rastro de amargos, ácidos, picantes, salados… Un desierto gustativo. Al final todo acaba siendo como un pastel o un bizcocho donde si hay algún rastro de tomate y lechuga no se distingue más que una masa de sabor dulce y apelmazada, imposible discriminar ningún sabor individualmente. Y lo peor es que da igual que pidas un Big Mac o una McRoyal Deluxe. Todo sabe igual.

Póster del documental Super Size Me

Dietéticamente, no hace falta ni hablar de lo que puede representar una dieta basada en este tipo de comida. A los que no lo hayáis hecho, os recomiendo que veáis el documental de Morgan Spurlock, Super Size MeSpurlock come durante treinta días exclusivamente en establecimientos McDonald’s para desayunar, comer y cenar. Acepta, siempre que se lo ofrecen, el tamaño extragrande.  Empieza siendo un hombre sano y sin sobrepeso y los médicos no creen que el experimento que va a iniciar represente mayor riesgo. Pues bien, mucho antes de terminar, los médicos que lo controlan le aconsejan que abandone: tiene el hígado hecho un asco y los niveles de colesterol en el Everest, entre otras lindezas.  Obviamente no hay nadie que base su alimentación exclusivamente en Big Macs, pero hay un tal Don Gorske, que aparece en el documental, que ya se ha comido 25.000 a lo largo de su vida y de momento sigue vivo y con aparente buena salud. Aunque es evidente que fastidiarse la salud y tener sobrepeso, lo de la gordura lo sé por experiencia propia, se puede conseguir sin comer en McDonald’s, como lo es que en este tipo de establecimientos se puede pedir agua y no refresco, ensaladas y no patatas fritas. Pero no creo que su clientela habitual vaya a McDonald’s a comer ensalada y beber agua, ¿no?

Y todo este arsenal a precios de risa. Bueno o no tanto, ya que en términos de relación calidad precio a mi me parece carísimo. Un comida tipo debe salir por entre cinco y seis euros por persona. Con esa cantidad se compran aproximadamente tres kilos de buenos tomates por decir algo. Pero en términos absolutos es barato. El tabaco es caro, los que fumamos lo sabemos bien. ¿Y por qué es caro? Pues porque así se espera desincentivar su consumo, especialmente entre los jóvenes que son los que más acusan un precio elevado, y por otra parte  se espera pagar los costes sociales y económicos  del tabaquismo (unos 17.000 millones de euros). Gran parte del precio del tabaco son impuestos (tasas) que van directamente a financiar la Seguridad Social.

Big Mac

No pienso comparar el tabaquismo con el consumo de fast food, no voy a ser tan demagógico, ni tan sólo con la obesidad. Pero no olvidemos que esta representa un 7% del gasto sanitario en España (unos 2.500 millones de euros anuales). Tampoco me parece una tontería, la verdad. Y un poco hipócrita, si se me permite. No es que proponga una tasa antiobesidad para los McDonald’s, Burguer King y Kentucky Fried Chicken de este mundo, pues entonces la lista sería el cuento de nunca acabar, pero todos deberíamos reconocer, estas empresas las primeras, que ofrecer lo que ofrecen al precio que lo hacen tiene un impacto en la salud de la población. Si fuera más caro, ¿sería menor? Probablemente, no porque hay una parte de educación del gusto y del paladar que también juega un papel importante. Pero mejoraría si la calidad cumpliera unos mínimos y sin modificar los precios o no bruscamente, McDonald’s (la marca comercial más rentable en los EE.UU en los últimos diez años) y compañía redujeran los beneficios. Imposible ya lo sé. No soy tan ingenuo.

Después de toda esta diatriba, debéis pensar que ni que me amenacen con todo el fuego de los infiernos pongo los pies en un local de fast food y que mis hijos no han catado en su vida un Happy Meal. Mentiría si dijera que eso es efectivamente así. Pero en este caso, McDonald’s es la golosina que se le da un niño de vez en cuando. Afortunadamente comen de todo, en casa y en el colegio, a pesar de ser pequeños saben disfrutar de la comida casera, van a restaurantes y casi siempre consiguen no prenderles fuego y por tanto tampoco pasa nada por ir un día a McDonald’s. Ellos son niños y sus padres no son unos monstruos. El que lo pasa mal soy yo. Y hambre.

Una hamburguesa de La Royale, mucho más apetitosa, ¿no?

Pero para acabar quiero reivindicar la hamburguesa. No la de fast food, claro. Además está de moda, es tendencia. ¡La hamburguesa es bella! No hay nada malo en una buena hamburguesa hecha con carne de calidad, ni que vaya dentro de un panecillo bien horneado con harinas de verdad y acompañada de cualquier ingrediente que se nos ocurra, mientras sea bueno. Incluso patatas fritas, si están hechas en un buen aceite de oliva. Y al final tampoco tiene porque ser tan caro. Y os decía que la hamburguesa es tendencia y está de moda porque en muy poco tiempo en Barcelona, cocineros de renombre han abierto hamburgueserías. Xavier Pellicer, chef de Can Fabes, ha abierto el Santa Burg en el barrio de Sants.  La hamburguesa básica, 150 gramos de carne de buey Dry Aged, cuesta 5,80 euros. Oriol Rovira, cocinero de Els Casals en Sagàs, ha abierto la bocatería Sagàs junto con el grupo Sagardi, en Pla de Palau. Hay bocatas por 8 euros. Paco Pérez asesora la hamburguesería La Royale, en la plaza del Camp. Y finalmente, El filete ruso, en Enric Granados ofrece hasta 14 tipos distintos de hamburguesas, incluso para llevar como también hace su restaurante hermano, La Burg, en el paseo de Sant Joan Bosco.


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