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La maldita o bendita relación calidad precio o si te gustó, paga y calla

Expensive RestaurantHablar de dinero a veces es una obscenidad. Y hay quien puede pensar que valorar algo tan sólo por lo que cuesta no da el auténtico valor de las cosas. Ya lo dijo Antonio Machado y en verso como no podía ser de otra forma: es de necios confundir valor con precio. Hay más cosas.  Para poner un ejemplo algo a la bruto, imaginemos por un momento que necesitamos una costosísima operación quirúrgica y que si no nos sometemos a ella, nuestra vida puede peligrar seriamente. Imagino que la decisión de muchos de nosotros, será pagar y operarnos, pues valoraremos que la necesidad que tenemos o la utilidad de esa intervención está por encima del precio. Obviamente no sería mayormente el caso de las operaciones de cirugía estética, aunque puede darse el caso, ya que el sujeto o sujeta, puede sentir una gran necesidad de operarse la nariz, los pechos o los glúteos y percibir que sin esa operación su vida no vale nada. Esto añade a la cuestión de la necesidad, enunciada con el ejemplo anterior, el de la subjetividad: lo que puede ser muy necesario para uno puede no serlo para otro. Además la valoración de la calidad, no sólo su necesidad, suele ser aún más subjetiva que la apreciación de su necesidad.  Y finalmente, resulta que, según los expertos en marketing,  el precio es al atributo más importante que valoramos los consumidores en el momento de hacer nuestras elecciones de compra. Pero como Descartes se empeñó, básicamente en mentir, en que el hombre era un hombre racional, hemos buscado una manera objetiva, o eso creemos nosotros, de intentar dilucidar si algo vale lo que cuesta y nos hemos inventado la bendita o maldita relación calidad precio, que ahora hay tanta costumbre de mencionar por sus siglas (sic) RCP.

Según el doctor en Ciencias Económicas y Empresariales Francisco Vicente Valero, todo hijo de vecino se atreve a hablar de la relación calidad precio, porque es algo intuitivo, como ocurre en la física con la relación masa volumen. Cuando sopesamos algún objeto apreciando lo que pesa, su la forma y su tamaño, que se aprecia simplemente echándole un vistazo, lo que percibimos no es la medida de su masa ni de su volumen, sino de su densidad. A esta percepción no es fácil cuantificarla, pero si ordenarla. Es decir, si realizamos la experiencia con varios objetos, no sabremos decir la densidad de cada uno, pero sí ordenarlos según su densidad, que es la relación entre la masa y el volumen de cada objeto en cuestión. En este caso podemos pasar de la intuición a la experiencia porque disponemos de instrumentos para medir la masa y el volumen, por lo que será fácil cuantificar la densidad.

comic expensiveEn el caso de la relación calidad precio, del precio disponemos de su cuantificación medida en euros,o sea el precio. De la otra parte, la calidad, solo disponemos, como hemos dicho, de una percepción o estimación subjetiva. Sin embargo, sí sabemos ordenar esta relación calidad precio de varios bienes o servicios, lo que nos permite tomar decisiones como consumidores o clientes. Y obviamente no disponemos de ningún aparatejo ultretecnológico que nos acabe cuantificando la relación calidad precio. Entonces, ¿cómo apreciamos que un determinado bien o servicio tiene una relación calidad precio mayor que otro si no lo podemos cuantificar? La cuestión sería respondida por la mayoría de las personas haciendo referencia a las percepciones, de nuevo, que nos trasmite el bien o servicio o a la utilidad que nos aporta. Nuestros sentidos son los instrumentos de tecnología punta de medida utilizados, toma racionalidad,  siempre matizados por la experiencia y todo tipo de influencias externas. También, y resumiendo, responderíamos que nos parece barato o caro: barato si la percepción global es positiva y caro al contrario. Una cierta indiferencia o posición de equilibrio nos haría responder que ese bien o servicio es simplemente aceptable. El profesor Franz de Copenhague del TBO no lo hubiera explicado mejor.

Pero es que además, si os dais cuenta, siempre estamos hablando de la relación calidad precio desde el punto de vista del cliente. Pero resulta que el proveedor del bien o el prestador del servicio, lógicamente, tiene sus propias ideas sobre el precio al que va a ofertar sus bienes o sus servicios y por tanto, su propia percepción de la relación calidad precio de lo que ofrece. Así que cuando vamos a un restaurante, por ejemplo y para ir entrando en materia, tenemos dos percepciones de la relación calidad precio dándose de hostias. Llegados a este punto,creo que es meridiano que la próxima vez que alguien os diga que tal o cual restaurante tiene una excelente relación calidad precio, lo podéis mandar a tomar por culo directamente. Es una bobada. O en todo caso no tiene más valor que si os hubiera dicho que dicho restaurante le ha gustado o no, puesto que al final todo se reduce a un problema de percepción y gusto personal. Pues para que me podáis mandar a tomar aire fresco a mi mismo, y con mero propósito ilustrativo os voy a poner un ejemplo hablando de la relación calidad precio de dos de los últimos restaurantes a los que he ido.

En primer lugar, El Celler de Can Roca. Me remito al post que escribí en su momento sobre como fue la experiencia. Éramos dos y pagamos 608 euros. Sí un dineral. El menú, 155 euros por cabeza y nos bebimos dos botellas de vino. Un Egon Müller Scharzhofberger Kabinett del 2007, que costó 108 euros, y un Astralis  del 2000, con un precio de 172 euros. Lógicamente hubiéramos podido pedir sólo una de las dos, o dos más baratas y claro al final esos 608 euros se hubieran visto muy menguados y quizás por 450 euros o menos hubiéramos salido con vida, pero qué coño, estábamos en el segundo mejor restaurante del mundo y nos apetecía hacerlo en plan big band. Además que sin duda la inmensa calidad de esos dos vinos ayudó sin paliativos a que el conjunto de la experiencia fuera sublime. A mi me pareció barato, o lo que es los mismo, que la relación calidad precio era inmejorable.

En segundo lugar, el restaurante Speakeasy , regentado por Javier de las Muelas, y el primero de los restaurantes clandestinos, que marcó tendencia  y que dio lugar a toda una serie de restaurantes de este tipo, pero que en el fondo son todos un secreto a voces. También fuimos dos, comimos a la carta y nos bebimos una botella de Pétalos del Bierzo, vino excelente, pero que costaba 28 euros (¡por favor!) y  difícilmente hubiéramos podido buscar algo menos gravoso, ya que la carta de vinos era tan demencial para un local de estas características, que hasta uno podía pedir que le descorcharan una botella de Petrus, seguramente el vino más caro del mundo, al nada solidario precio de 4.500 euros (más o menos el mismo precio que debe tener en El Celler de Can Roca, por cierto).  Al final pagamos 157 euros, casi 80 euros por cabeza y la sensación, verbalizada nada más terminar la última cucharada del postre, fue de que eso no valía lo que íbamos a pagar. O sea que la relación calidad precio no era buena. ¿Comimos mal? En absoluto. Todo estaba delicioso aunque el arroz meloso de crustáceos estaba demasiado al dente para mi gusto, un problema recurrente hoy en día, y mi postre era algo menos de lo que prometía.. ¿Nos atendieron mal? Para nada. Un servicio impecable. Entonces, ¿qué fue? Pues fue la precepción general y subjetiva, aunque compartida, de que lo que nos ofrecieron no costaba 80 euros por persona. Si hubiéramos pagado 30 euros menos, nuestra sensación hubiera sido que la RCP era correcta, si al final la cuenta se hubiese visto reducida a la mitad habríamos salido contentos y si nos hubiera costado aún menos, le habríamos dado un hijo al propio Javier de las Muelas (con perdón).

¿Y todo esto de qué sirve? Pues absolutamente de nada. Hubiera podido ser perfectamente al contrario, si hubieran sido otras las personas que hubieran acudido a ambos restaurantes. Otros habrían podido considerar que pagar 608 euros en El Celler de Can Roca o incluso 450 es un auténtico exabrupto, mientras que pagar 157 en el Speakeasy está la mar de bien. De hecho ambos restaurantes estaban llenos, pero conseguir mesa en el de Girona cuesta 6 meses entre semana y casi un año en fin de semana, mientras que en el de Barcelona más o menos 15 minutos. Todo depende de las expectativas, de las experiencias previas, en definitiva, de la subjetividad más plena y en todo el sentido de la palabra. ¿Os estoy recomendado ir uno y no ir al otro? Para nada.

Así, pues, al final, ¿qué nos queda? Pues que lo que cuenta es la satisfacción que obtenemos por el dinero que pagamos. Y lo que nos provoca esa satisfacción es distinto en cada  uno de nosotros, pero el elemento precio es importante para todos. O no. Y claro, si quieres un Ferrari, coño, pues tendrás que pagarlo, digo yo. Y es que la emoción, la alegría, la sorpresa, el uh, el oh, el rock and roll, no tienen precio. Para todo lo demás, los euromillones, la primitiva, la lotería de Navidad o, simplemente, una buena tarjeta de crédito.

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