Estás leyendo
Restaurantes

Chez Cocó: lo clásico como reinvención

Chezcoco1

En estos tiempos de crisis que nos están tocando vivir, se está hablando hasta la saciedad de cómo los grandes de nuestra cocina se han visto obligados a tirar de imaginación y crear nuevos establecimientos y segundas marcas. Todo esto está magníficamente contado en el libro de Marta Fernández Guadaño, Reinventores, del que ya hablé aquí hace un tiempo y por tanto no me voy a extender. Lo cierto es que el panorama se ha llenado de bistronómicos, gastrobares y restaurantes pop-up y el tema de los formatos o de los nuevos formatos de negocio en gastronomía está en la boca y en la pluma de todos (o en el twitter). Pero restringir el fenómeno a los cocineros de alta cocina como los únicos que se han visto en la necesidad de reinventarse y crear otros tipos de establecimientos para tratar de mantener los costes de sus casas madre es sólo una visión parcial de la realidad. Cuando las cosas se ponen difíciles, se ponen difíciles para todos, o para casi todos, y la sufrida clase media de la restauración también ha tenido, en muchas ocasiones, que tirar de ingenio para sobrevivir. Básicamente a base de menús a precios extrareducidos que en muchas ocasiones se servían exclusivamente a mediodía, de lunes a viernes, y que ahora también están disponibles para los clientes a la hora de la cena e incluso, en algunas ocasiones, los fines de semana. Pero también dotando a sus establecimientos de barras en las que se pueden comer mini raciones de algunos de los platos de la carta o para las que se ha creado una propuesta específica. En este sentido, en Barcelona, el ejemplo paradigmático podría ser perfectamente la barra del Restaurant Coure, de Albert Ventura. Pero hay también quién decide arriesgar un poco más y buscar un nuevo formato, que en realidad es muy viejo, con la esperanza de que el desuso en el que había caído lo convierta en una novedad y en un éxito. ¡Eso sí que es reinventarse!

Chezcoco2

Sin entrar en los detalles de los por qué, es más que obvio que el noble arte de la cocción de piezas y aves enteras es algo que prácticamente ha desaparecido de las cocinas de nuestros restaurantes. Lo que los franceses conocen como rôtisseries, templos de las aves, y de lo que sea, asadas siempre enteras en grandes asadores, ensartadas en broches que dan vueltas lentamente al calor del fuego es algo que había quedado relegado a los puestos de pollos a l’ast a pie de calle, a las churrerías, los mercados y a los chiringuitos de playa. Y en esas estábamos, cuando llega Enrique Valentí y monta una rôtisserie clásica francesa a la que llama Chez Cocó en plena Diagonal de Barcelona y decide recuperar lo que la Nouvelle Cuisine un día se cargó, pues ya se sabe que nada está completamente lleno de bondad ni nada desborda únicamente maldad, aunque haya adalides de Nostradamus que hayan defendido y defiendan tan estúpida creencia. Y el que esté libre de pecado que tire la primera piedra.

Enrique Valentí también es el alma mater de Casa Paloma, situado muy cerca de Chez Cocó, y que se centra en una cuidada selección de carnes y en un look quizás un poco manhatanero. He leído por allí que si Chez Cocó es un asador de pollos de lujo, pero un asador de pollos al fin y al cabo, que si es un Piolindo chic para gente que no sabe comer si la cuenta no es abultada, como queriendo teñir, con bastante mala leche disfrazada de sentido del humor y grandes dosis de esnobismo, cierta sombra de duda sobre la bondad del restaurante. Miren, yo ya sé que ustedes son inteligentes y por tanto sé de sobra que no se dejarán engañar, porque Chez Cocó es un restaurante muy que pero que muy serio y me parece que en el mismo rango de precios hay sitios infinitamente peores en todas partes. Lo que pasa es que una rôtisserie es una rôtisserie y no hay que pedirle peras al olmo. Y los que opinan que qué falta hace en Barcelona algo tan francés como un asador a la francesa, les respondería que probablemente la misma que el penúltimo restaurante japonés, vietnamita o coreano, que estos neopijos de lo gastronómico y groupies de la cocina posh de vanguardia tanto idolatran. En el panorama gastronómico de una ciudad todo cabe, todo suma y todo aporta, siempre que se haga con criterio y con un mínimo estándar de calidad.

Chezcoco8

La oferta de Chez Cocó se centra en unos pequeños entrantes pensados para compartir mientras se espera que nuestro  asado se vaya, pues eso, asando lentamente: brandada de bacalao, humus de garbanzos, paté, ensaladas y sobre todo la gloriosa sobrasada de Els Casals, de los hermanos Rovira. Después podemos elegir unos formidables pollitos tomateros de granja, nada de pollos hormonados, asados enteros, al curry o las finas hierbas, por citar sólo dos, acompañados de unas buenas patatas fritas  y arroz o una pequeña ensalada y una buena cantidad de jugo, del que siempre se puede pedir más. O bien nos podemos decantar por el ternasco, el cochinillo, el jarrete de ternera, el pollo de Bresse o el canetón o, una vez más, la pularda de Els Casals. Aunque la cocción de piezas enteras no sea tarea fácil, en Chez Cocó se hace con oficio y muy bien y además cobra especial importancia la calidad de los bichos que se asan, pues de lo contrario apaga y vámonos. Los asadores, las broches, se han hecho, si no recuerdo mal, en Francia por un maestro artesano en estos menesteres. Obviamente, si uno no es carnívoro, en Chez Cocó lo pasará mal, pues las opciones de pescado se reducen sólo a tres posibles elecciones: bacalao, merluza y bogavante.

La carta de vinos es de las que me gusta. De las que te retan, te hablan y te dicen: “Vamos, atrévete machote”. Vinos más allá de los Rioja y de los Ribera e incluso más allá de los vinos más conocidos del resto de denominaciones de origen españolas. Al menos, vinos ignotos para mi, que tampoco es que sea un experto mundial en la materia, para que nos vamos a engañar, y que invitan a descubrir nuevas bodegas, nuevas zonas, nuevos vinos. El servicio de sala es modélico, seguramente de los mejores de Barcelona ahora mismo, y está  dirigido por Alfred Romagosa, el ex maitre del desaparecido Drolma. Los postres los firma Marco Leone, cocinero formado en Espaisucre, y son una auténtica delicia.

Chezcoco4

El restaurante, al local me refiero ahora, es espectacular desde la entrada, pero aquí si que me parece que el interiorismo es discutible. De un gusto discutible. Vale, ya sé que yo mismo he dicho que se trata de una rôtisserie clásica y probablemente el interiorismo ha tratado de recrear el ambiente de un establecimiento francés del siglo XIX, con una estética quizás basada en el lujo demodé del Orient Express y que en general recuerda bastante a una estación de tren decimonónica. Pero si alguno de ustedes se ha alojado en el hotel de Las Vegas  The Venetian, un hotel que intenta recrear la ciudad de Venecia enterita con sus canales y todo, sabrán un poco a lo que me refiero. Seguramente esto es lo que más molesta a estos modernos a los que hacía referencia antes y para los que todo tiene que ser lo más minimal, lo más zen, lo más fengshui y lo más la madre que los parió, incapaces de reconocer cuando están delante de comida de verdad y buena de verdad como la que se puede comer en Chez Cocó. Aunque la verdad es que además tampoco encuentro que sea demasiado cómodo: las mesas a menudo se quedan un poco pequeñas, dado que cada plato llega a la mesa con su jugo y su guarnición por separado y si eso se multiplica por digamos que cuatro comensales, más sus respectivas copas de vino y/o agua, la situación convierte las mesas en un campo de batalla bastante impracticable. Por el contrario, el restaurante dispone de una terraza fantástica, en la que los fumadores pueden desahogarse y en la que también se puede tomar el café (o los postres) y una copa. Pero dejémonos de zarandajas. Yo a los restaurantes voy a comer y lo de hacerlo o no en un “marco incomparable”, se agradece, pero en ningún caso es prioritario y en Chez Cocó se come muy pero que muy bien.

Anuncios

Comentarios

4 comentarios en “Chez Cocó: lo clásico como reinvención

  1. Muy de acuerdo en tu justificación de la presencia de rotisseries: si hay restaurantes japo-peruanos, por qué no asadores franceses?
    Buen trabajo

    Publicado por Rubén Galdón | 26 septiembre 2012, 10:29
    • Es que hay mucho esnob en esto de la gastronomía. Y tan excelso puede resultar el más simple bocata de calamares como la deconstrucción más sofisticada. Y en los tiempos que corren, casi prefiero lo primero a lo segundo, ya que muchas veces lo segundo depende del talento de un cocinero, que el cocinero no tiene.

      Publicado por Albert | 26 septiembre 2012, 10:35
      • Yo es que cada vez soy más ‘slow food’. Y disfruto màs con un buen bocata de calamares frescos que con mil deconstrucciones. Serà la crisis que me está cambiando?? Who knows

        Publicado por Rubén Galdón | 26 septiembre 2012, 11:06
      • Pues entonces tienes que ir sí o sí a Els Casals de Oriol Rovira. Lo que hace el tipo básicamente con los productos que le proporciona la explotació agrícola que llevan sus hermanos y con lo que consigue en 20 Km a la redonda es de antología.

        Publicado por Albert | 26 septiembre 2012, 11:10

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Homo Gastronomicus en Twitter

septiembre 2012
L M X J V S D
« Ago   Oct »
 12
3456789
10111213141516
17181920212223
24252627282930

e-mail de conatco

Para culaquier sugerencia o contacto, puedes escribir a homogastronomicus@gmail.com

Escribe tu dirección de correo electrónico para suscribirte a este blog, y recibir notificaciones de nuevos mensajes por correo.

Únete a otros 171 seguidores

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: