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Tinta de Calamar

A Collioure, a lo de las ostras

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Acabamos de pasar un fin de semana en Collioure. O Cotlliure, que es como lo llaman los franceses cuando se ponen ñoños y multicultis. En todo caso, un pueblo de postal del sur de Francia, en la Côte Vermeille. Como uno de esos que a los chinos les ha dado por piratear. Si alguien ha estado en el Alt Empordà, en Cadaqués por ejemplo, reconocerá el mismo paisaje, pero Collioure es un un lugar tan ordenado y pulcro que parece la salida al mar de Suiza. El Mediterráneo domesticado por la Ilustración.

Nosotros a Collioure, por decirlo a la bilbaína, vamos a lo de las ostras. Entre otras cosas porque tampoco hay mucho más que hacer. Se puede visitar la tumba de Machado, sí. Pero nunca he sido un fan del club de lo poetas muertos (ni del de los vivos, a decir verdad). No crean, soy persona leída, pero la poesía me cuesta. También se puede perder el tiempo visitando el Château Royal, pero pueden creerme si les digo que basta con verlo desde fuera. Quizás el único motivo para entrar sean las espléndidas vistas que hay desde sus murallas sobre las playas de Argelés-sur-mer.

Así que nosostros a lo de las ostras. Con paseo previo, solecito en la playa, une bière pression si’l vous plaît… y ¡a lo de las ostras! Las huîtres en cuestión no se cultivan en Collioure. Se crían un poco más al norte, en Bouzigues, a 170 km. O sea que no son precisamente un producto de kilómetro 0, pero si tenemos en cuenta los kilómetros que recorren las que nos comemos en Barcelona o  Madrid, sean de Arcachon, de la maison Gillardeau o de Galicia, la verdad es que estas son de lo más sostenible.

Las ostras de Bouzigues son muy buenas, puede que de un sabor más suave que el de las de aguas oceánicas (he leído por ahí que el sabor recuerda al de la avellana, lo que es una auténtica memez) y el precio… bien, gracias. En un restaurante de Collioure una docena cuesta menos de 20 euros.

Lo que es una auténtica temeridad es pedir un vino de la AOC Collioure para maridarlas. En general el tema del vino en Francia es una insensatez. Como la muy francesa costumbre de acompañar las ostras de pan con mantequilla y vinagre…

Nosotros perdimos 18 euros el primer día, con un Padreils, y el segundo 23 con un L’Ecume que, si nos los hubieran servido en casa, a ese precio, hubiera sido motivo suficiente de quema del local. Y es que lo que hay que pagar en Francia para beber un vino decente es una exageración. Pero bueno, yo tampoco soy un gran experto en vinos y seguro que la docta Meritxell Falgueras tendrá buenos argumentos para darme o quitarme la razón. Ya os he dicho que nosotros, en Collioure, a lo de las ostras. ¡Están locos estos galos!

Este post lo publiqué el pasado 12 de octubre de 2012 en el blog gastro de la cadena SER, Tinta de Calamar.

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