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Gastronomía Responsable

Restaurantes contra el Hambre: alimentar la solidaridad

Niñafeliz

Estoy convencido de que en todo lo que hacemos, desde el ejercicio de nuestras obligaciones profesionales, hasta nuestras elecciones como ciudadanos y no digamos como consumidores, debemos tratar de ejercer nuestra responsabilidad social. Sin talibanismo ni mojigatería y sin extremismos absurdos, pero nuestras acciones deben estar guiadas por el sentido de la responsabilidad hacia los demás, pues es la mejor manera de ser responsables hacia nosotros mismos. El periodista o bloguero que escribe para alimentar su ego y no para mantener bien informados a sus lectores, no actúa con responsabilidad social. El médico que receta medicamentos sólo porque recibe una comisión de un laboratorio, tampoco ejerce su responsabilidad social. Tampoco el cocinero que no cuida lo que sirve a sus clientes. Sin cierto compromiso ético con lo que hacemos y somos, la vida es menos vida. Y a menudo, cuesta tan poco…

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A ese sentido de la responsabilidad social, como profesionales de la gastronomía y como consumidores, apela la campaña que ha puesto en marcha un año más Acción Contra el Hambre. Se trata de Restaurantes contra el Hambre, que apadrinan el chef Mario Sandoval, cocinero del restaurante madrileño Coque y en Catalunya Carles Gaig y el periodista gastronómico Pau Arenós. El funcionamiento es muy simple. Se han adherido más de 500 restaurantes en toda España, restaurantes de todo tipo y condición, para todos los gustos y todos los bolsillos. En los menú y las cartas de estos restaurantes, encontraréis platos marcados con el distintivo Plato Solidario. Por ejemplo, en la Fonda Gaig han decidido que el Plato Solidario sea el plato estrella de la casa y que no es otro que los famosos y gloriosos Macarrones del Cardenal, pero hay otros restaurantes que hasta han creado platos nuevos específicamente para la campaña.

Pues bien, por cada plato o menú solidario que pidamos, el restaurante realizará un donativo a Acción Contra el Hambre, para la prevención, diagnóstico y tratamiento de la desnutrición aguda infantil.  En la web de Restaurantes contra el Hambre hay un práctico buscador para localizar los restaurantes. Los hay por todo el estado español. La campaña se inició el pasado 15 de septiembre y durará hasta el próximo 15 de noviembre. El 15 de octubre se cerró el plazo para la adhesión de nuevos restaurantes.

Vamos a los hechos. Las estimaciones de la FAO indican que en el mundo cerca de 1.000 millones de personas pasan hambre y por desgracia parece que la cosa va a peor. Desde 2008, ese ente ectoplasmático y fantasmagórico, pero real, que ha sido bautizado como crisis financiera, así como las diversas penurias alimentarias que han sacudido el planeta han empeorado la situación. Además, la fluctuación del precio de los alimentos al alza hace que el acceso a los mismos sea complicado para muchas familias. El Banco Mundial estima que en 2011 los alimentos se habían encarecido un 36%, básicamente por el alza del precio de los combustibles, y como consecuencia, de abril de 2010 hasta junio de 2011, 44 millones de personas más habían caído en la pobreza. Además, conflictos armados que implican el desplazamiento masivo de población, la sequía, la dificultad de acceso al agua potable y el círculo vicioso de la pobreza pueden ayudar puntualmente, al empeoramiento de la situación. Así pues, una séptima parte del mundo no come en McDonald’s, come en McHambre (Pau Arenós, dixit).

Al mismo tiempo, y seguimos con los hechos, hemos llegado a un punto del desarrollo de nuestras capacidades técnicas que permite que no haya escasez de alimentos y que seamos capaces de producir suficiente comida para que todo el mundo pueda alimentarse adecuadamente en cantidad y calidad. De hecho, se da la paradoja de que la mayoría de los niños desnutridos son hijos de trabajadores agrícolas. Sin embargo, se desperdicia entre un 30 y un 50% de la comida que se produce y en el mundo desarrollado, obeso y derrochador, una cuarta parte de la comida que compran las familias termina en la basura. Pura locura.

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Pero hay más. En este tipo de situaciones, siempre sufren más los más indefensos y de entre los más indefensos, los más vulnerables. Según Unicef, cerca de 200 millones de niños sufren desnutrición crónica. Un 90% vive en Asia y África y 24 países concentran el 80% de los niños desnutridos, entre los que, por razones lógicas, encontramos algunos de los países más poblados del planeta.  Hay nueve países más en los que la desnutrición crónica supera el 50% de los niños menores de 5 años y por ejemplo, Guatemala se sitúa en niveles semejantes a los de algunos países africanos, con una tasa del 54%. Pero sería un error pensar que, a pesar de que básicamente afecta a países que eufemísticamente se llama en desarrollo (¿qué desarrollo puede tener un país cuya gente pasa hambre?) es un problema exclusivamente tercermundista, pues se calcula que en el mundo, ejem, desarrollado, el 40% de los jóvenes más pobres sufre también de desnutrición. Así que no es un problema geográfico o demográfico. Es un problema socio-económico. Se calcula que cada año mueren 7,6 millones de niños menores de 5 años en el mundo y que una tercera parte de estas muertes se deben a la falta de una alimentación adecuada. Por otro lado, la OMS calculaba que en 2005 había en el mundo 20 millones de niños menores de 5 años con sobrepeso.

La desnutrición, además,  actúa como un círculo vicioso: las mujeres desnutridas tienen bebés con un peso inferior al adecuado, lo que aumenta las posibilidades de desnutrición en las siguientes generaciones. Está perfectamente identificado el periodo fundamental para prevenir la desnutrición del niño: el embarazo y los dos primeros años de vida. Es el periodo que se conoce como los 1.000 días críticos para la vida. En esta etapa es cuando se produce el desarrollo básico del niño, por lo que la falta de una alimentación adecuada produce daños físicos y cognitivos irreversibles que afectarán a su salud y a su desarrollo intelectual para el resto de su vida. Y además, esto va a tener un impacto en su comunidad, ya que la desnutrición limita la capacidad de los niños para convertirse en adultos que puedan contribuir al progreso de su país. En algunos casos, como por ejemplo en el Cuerno de África, este impacto se ha cifrado en el 3% del PIB.

Y ahora aclaremos conceptos. En primer lugar la desnutrición y la malnutrición son cosas distintas. Es una confusión provocada por una mala traducción del vocablo inglés malnourished. El problema de la obesidad, se dé donde se dé y tanto en niños como en adultos, es un problema de malnutrición o dietético, si queremos decirlo así. Una persona malnutrida es una persona que no come adecuadamente, pero no es necesariamente una persona desnutrida. La desnutrición es un problema causado exclusivamente por la falta de acceso a la alimentación más básica. Las dos pueden poner, obviamente, en peligro la vida de las personas, pero mientras que la malnutrición depende de las elecciones alimentarias de cada individuo, la desnutrición precisamente niega a las personas la posibilidad de realizar tales elecciones. Y en segundo lugar, la desnutrición tiene muchas caras más allá del hambre:  puede ir desde la desnutrición crónica, que consiste en la privación de nutrientes básicos durante un prolongado periodo de tiempo, hasta las carencias de vitaminas y minerales. Todo esto es desnutrición y no deberían ser necesarias impactantes imágenes de niños con las barrigas hinchadas para poder hablar de un niño desnutrido. De hecho, en este post ni una vais a ver. Todo lo contrario. Ya somos todos adultos, ¿verdad?

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Y para terminar, lo más importante:  pensemos en lo que podemos hacer. La desnutrición afecta en muchos casos a países lejanos de los y además afecta principalmente a los niños, lo que la hace doblemente invisible. Después de comer en alguno de los restaurantes adheridos, podemos hacer una aportación adicional de 1 euro al pagar la cuenta o mandar un SMS al teléfono 28010 con la palabra HAMBRE. Acción Contra el Hambre destinará el dinero recaudado, entre otras cosas, a la compra de tratamientos nutricionales, conocidos como Ready to use Therapeutic Food (RUTF en sus siglas en inglés).  El RUTF es una pasta producida a base de leche en polvo, cacahuete, aceite, azúcar y macronutrientes basados en las necesidades de los niños que sufren desnutrición aguda severa y que tiene la ventaja de no necesitar ningún tipo de cocción, por lo que no se corre el riesgo de que se use agua no potable en su elaboración y que las familias no tengan que usar ningún tipo de combustible para prepararla. Además es un tratamiento que los niños pueden seguir en casa y no en los hospitales. Así que ya sabéis. Hasta el 15 de noviembre hay tiempo. ¡Rápido, rápido, que me los quitan de las manos!

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