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Viendo (en la tele) lo que comemos

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¿Cómo puede ser que un género televisivo creado hace sesenta años (en EE.UU) pensado básicamente para las amas de casa pueda estar aún vivo y mantener el interés de tanta gente? Es difícil de imaginar a alguien en la cocina de un hogar cualquiera, cocinando un puré de patatas, mientras otro u otros le observan meticulosamente y hasta toman notas obsesivamente para después tratar de reproducir esa misma receta en sus propias cocinas domésticas. Si la misma escena se retransmite por televisión, las audiencias  y el interés se cuentan por centenares de miles. Es obvio que somos grandes consumidores de comida y de televisión, ¿pero vale eso sólo para explicar el éxito de un género que combina ambas cosas hábilmente? A estas preguntas intenta responder Kathleen Collins en Watching What We Eat. The Evolution of Television Cooking Shows. Ya se pueden imaginar que el libro habla exclusivamente de este tipo de programas en la historia de la televisión en EE.UU y por tanto mucho de los comentarios y reflexiones sólo son aplicables a ella y a esa sociedad, a veces tan peculiar.

Kathleencollins

De hecho, como casi todo en la tele, la historia empieza en la radio. Aunque, dicho así, eso sumamente impreciso e históricamente falso. Antes ya existían los libros de cocina, los libros de recetas y los manuales de economía doméstica que pretendían enseñar a las mujeres cómo manejar sus hogares y cómo manejarse en la cocina. Y además, el conocimiento culinario, por decirlo de algún modo, era algo que se transmitía de madres a hijas generación tras generación. Pero sin duda fue en la radio, como uno de los primeros medios de comunicación de masas de largo alcance, donde los programas de economía doméstica empezaron a instruir a las mujeres y a entretenerlas en sus cocinas, desde antes de la Gran Depresión y hasta más allá de la Segunda Guerra Mundial. Esos programas radiofónicos, que combinaban la informalidad del discurso hablado con la formalidad de la receta, básicamente trataban de enseñar a las mujeres cómo llevar su hogar, cosa que probablemente no necesitaban, pues llevaban haciéndolo durante siglos, pero eran un medio excelente para los anunciantes para vender sus productos, ya que permitían dirigirse de una forma muy eficaz y directa a sus consumidores objetivos. De hecho, poder vender electrodomésticos, enseres de cocina y alimentos era su máxima preocupación. La instrucción culinaria era, en el fondo, un subproducto.  Durante la Segunda Guerra Mundial estos programas se sumaron a la propaganda de guerra y sirvieron para alistar a las mujeres al esfuerzo de guerra, aunque fuera a costa de reforzar su papel de amas de casa abnegadas que alimentaban a sus familias y promovían, mediante el cuidado de la alimentación, la fortaleza de la nación. Programas además, detrás de los cuáles, paradójicamente, había un economista doméstico que habitualmente era un hombre, aunque la locutora, también habitualmente, fuera una mujer.

james-beard-1-sizedInicialmente, incluso cuando dieron el salto a las pantallas de televisión, a mediados de los años 40, dejaban muy claro que los hombres eran los encargados de traer la comida a casa y las mujeres las que la freían (eso sí, con zapatos de tacón alto y con un vestido elegante), con lo que contribuían a mantener la separación de géneros y mantener los roles masculino y femenino bajo un férreo inmovilismo. Cuando se introdujo la televisión, el nuevo medio adoptó rápidamente el género y en 1946 se empezó a emitir I love to Eat presentado, curiosamente por un hombre, James Beard. No fue el primero, pero era un show de 15 minutos que sí que por primera vez también intentaba capturar la atención de aquellos que sólo visitaban la cocina de camino a la nevera a por una cerveza y hacer un programa que fuera divertido además de instructivo. Los conceptos de entertaining y gourmet aparecían por primera vez ligados a la cocina y prácticamente a la televisión. Para tal fin, Beard no dudaba en falsificar ingredientes por aquellos que tuvieran un mejor aspecto en pantalla o duraran más bajo los focos, como por ejemplo tinta, queso Roquefort y puré de patatas para simular helado. Beard era cocinero profesional, el programa (en un panorama televisivo, por aquel entonces en EE.UU, muy regionalizado) se emitía a escala nacional, por lo que James Beard fue el primer cocinero que se expuso con éxito clamoroso a todo un país y por eso se le considera el decano de la cocina estadounidense y todo un icono, hasta el punto de que uno de los premios más prestigiosos del universo culinario de EE.UU los entrega en la actualidad la James Beard Foundation.

De todos modos, durante los 40 y los 50 la mayoría de los programas de cocina se realizaban a escala regional y no eran más que un medio barato de llenar tiempo de emisión, que además no tenían ningún escrúpulo en usar comida procesada como ingrediente y cuyo principal objetivo era estar al servicio de los anunciantes. Sin duda la cocina no era su prioridad más importante.

No fue hasta los años 60, con los avances del feminismo, que hombres y mujeres no empezaron, ni que fuera tímidamente, a intercambiar los papeles y que las mujeres hicieron un paso al frente decidido para incorporarse al mundo laboral fuera de sus hogares. Con la llegada de los Kennedy, entendiendo el clan familiar como un concepto más que como una familia, los estadounidenses abrieron sus mentes al mundo y a un mundo de posibilidades más sofisticadas. El género se adaptó y los programas de cocina en televisión cambiaron para hacerse eco de esas nuevas demandas del público.

En ese contexto fue posible el éxito rotundo de Julia Child, la primera en ganar un Emy desde la televisión pública, y su programa The French Chef (que empezó sus emisiones en 1963).  Julia Child fue el enganche entre el mundo de la cocina cotidiana y el de la sofisticada cocina francesa, además de la primera que impulsó la posibilidad de que la cocina fuera un hobby y algo a lo que dedicar el tiempo libre y también prácticamente la que por primera vez hizo un programa en el que lo importante no era vender electrodomésticos ni nada por el estilo. Y siempre desde la PBS.

A partir de finales de los 60 y principios de los 70, el concepto de gourmet empieza a tomar cuerpo y la cocina adopta un nuevo papel. Hay mucha gente que empieza a tener dinero para gastar en cosas tan “frívolas” para la mentalidad tradicional de los EE.UU como ir a “cenar fuera”, que se convierte en una forma de mostrar a los demás tu status y quién eres. Los programas de cocina empiezan entonces a ser concebidos como programas de entretenimiento más que programas “educativos”. The Galloping Gourmet, protagonizado por Graham Kerr, introdujo casi por primera vez el sentido del humor y los reportajes gastronómicos.

Hasta que llegó la televisión por cable, lo que permitió una gran fragmentación y ya no hubo segmento de interés que no tuviera su propio canal. La aparición en 1993 de The Food Network fue la culminación y el estímulo de la cultura foodie en Estados Unidos, haciendo del género un microcosmos de televisión y entretenimiento. Su éxito demostró sin ningún género de dudas que la audiencia demandaba algo más que programas que enseñaran recetas y que, en cierto modo, las mujeres habían completado la transición de trabajar en sus casas a trabajar fuera de ellas y de la cocina como una labor doméstica a ser considerada un pasatiempo con el que disfrutar. La gente ya no quería que le enseñaran cómo cocinar, quería que le enseñaran cómo vivir (lifestyle).

Pero como todo género, también le llegó el momento de su degeneración. Y llegó el mundo del reality show en forma de programas como Master Chef y Nightmare in the Kitchen. La cocina convertida en espectáculo. Imagino que era inevitable y tenía que pasar.

La mayoría de los programas de economía doméstica de finales de los 40 y principios de las 50 eran meros medios efímeros para vender productos y utensilios y ciertamente nadie podía esperar que terminaran convertidos en artefactos culturales. Esto no hubiera sido posible si el género no se hubiera sabido adaptar a los cambios sociales en el entorno. El interés por la comida ha sido una constante durante los doscientos últimos años, lo que hizo la televisión fue convertirlo en un fenómeno en el que se mezclan aprendizaje, entretenimiento y  experimentación y que tiene como resultado la narrativa de la comida en televisión a lo largo del último medio siglo.

No hay otro género televisivo que partiendo de niveles tan bajos haya tenido un destino tan triunfal. La historia de los programas de cocina refleja la evolución del papel de la mujer desde el de ama de casa al de trabajadora; de la comida como una manera de alimentarse a una manera de expresar nuestra creatividad y acervo cultural; un cambio de la uniformidad a la diversidad y un cambio de la vida social centrada dentro de la casa a estar centrada fuera del hogar. Y en definitiva, el género prevaleció porque en el fondo todos comemos y sabemos algo acerca de la comida. Este tipo de programas son bastante predecibles y en el fondo los vemos por la conexión que establecemos mediante ellos con algo tradicional, asociado al hogar y al confort.

Ficha del libro

Watching What We Eat. The Evolution of Television Cooking Shows 
Kathleen Collins

2009

Continuum Books

ISBN: 978-0-8264-2930-8 278 páginas 11,25 € (IVA incluido)

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Comentarios

2 comentarios en “Viendo (en la tele) lo que comemos

  1. Albert, si t’agrada el tema et recomano la sèrie d’articles que va escriure el meu amic Jónatan Sark a Libro de Notas sobre la història dels programes de tele culinaris. Crec que t’agradarà: http://librodenotas.com/elreceptor/21881/evitando-cruzamientos-encimeras http://librodenotas.com/elreceptor/22040/principales-comidillas-televisivas http://librodenotas.com/elreceptor/22344/comfortables-concurrealities-comidenses i diria que algun altre… Canyella fina, tot i que molt exhaustius.

    Publicado por corremarcorre | 23 enero 2013, 23:16

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