Un servidor de ustedes
Un servidor de ustedes

Un servidor de ustedes

Nací en el cada vez más lejano año de 1969, lo cual a los efectos de este blog, miren ustedes, es más una ventaja que un inconveniente, pues he comido lo suficiente como para en muchos casos poderme tomar la libertad de opinar.

Estudié Ciencias de la Información, o sea Periodismo y Ciencias Políticas en la Universidad Autónoma de Barcelona. Terminé la primera  y me quedé a dos asignaturas de terminar la segunda. Sí, les dejo que me llamen estúpido.

En esto del comer mis orígenes y mis fuentes beben directamente de mi familia. La cocina del hotel de mis abuelos paternos, donde me pasaba horas y horas siempre que iba de visita fue mi iniciación. Mi madre, excelsa cocinera de diario y para las grandes ocasiones, me llevaba de muy joven al mercado a comprar y de ella aprendí a reconocer una merluza fresca de verdad de una más congelada que un bosquimano en el polo. Después me metía con ella en la cocina y la ayudaba con el trasiego de los fogones. Así aprendí la importancia de las cocciones largas y reposadas para los guisos, de la vuelta y vuelta para las carnes y los pescados y tantas y tantas otras cosas, sobre todo a comer de todo, que después me ayudaron a que en los restaurantes me tomen el pelo sólo lo justo y necesario.

A restaurantes me empezó a llevar mi abuelo Joan. Me quería mucho y yo le adoraba. Supongo que nos parecíamos lo suficiente para que él se reconociera en mi, y le hiciera gracia aquel muchacho, que a parte de ser su nieto, demostraba una curiosidad inusual por las cosas del comer, y a quien desde los 14 años y hasta que la artrosis de sus rodillas dijo basta, una vez al mes me llevaba a comer a  restaurantes que a mi me parecían el colmo del lujo y el refinamiento. Supongo que pasé la prueba de fuego la primera vez, cuando me llevó al desaparecido Chévere de Barcelona, y cuando la dueña me preguntó si quería una Coca-Cola para beber, le dije que con una cena como esa, tal barbaridad no se me íba a pasar por la cabeza. La mujer revisó lo que yo había pedido, cocktail de gambas, entrecot a la pimienta verde y sin Coca-Cola y le dijo a mi abuelo con admiración: “Vaya, el niño sabe comer bien”. A  mi abuelo, un bon vivant y gran gourmet, eso le convenció de que yo tenía potencial y empezó mi educación gastronómica, a la que también contribuyeron mis padres, divertidos, al ver lo entusiasmado que yo volvía de las excursiones con el avi Joan.

Devoro libros, cine y música a la misma velocidad que un foie poeleé, o unos buenos salmonetes frescos a la brasa, pues la verdad en la cocina no está en el pedigrí de lo que se come, sino en la inteligencia y la sensibilidad del que lo cocina y sobre todo en la del que se lo come.

Y eso es todo lo que voy a contar sobre mi. Perdonen que le saque la lengua en la fotografía, pero como este blog trata de gustos y sabores, he pensado que era de lo más adecuado.

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